¿Por qué?
—¡Amor mío!, la pureza exige su igual y mis ojos se han posado en ti.
—¡Soberbio eres ante quien los lujos y riqueza materiales agobian hasta el hastío!, y ante quien en las lágrimas de la pureza ha llorado más que vos.
—¡Mil perdones, amada mía, que mi intención no era esa!, más todo lo contrario. Torpe soy ante deslumbrante e infranqueable belleza, más aun, ante desmedida nobleza.
—Te comprendo, príncipe bondadoso y agradezco tan bellas reverencias... pero,... perdón por mi ignorancia, desconozco aun el origen de tanta miel que con entusiasmo desbordado recibo departe de vos.
—¡Ante tus ojos no hay secretos!, ¡ante deslumbrante presencia el alma queda desvestida!... ¡te amo hasta las notas más agudas de mi alma, corazón y vida!, atormentados por la indiferencia con que este pobre desdichado es tratado ante cada intento desenfrenado por conquistar el privilegio de tus pensamientos y suspiros... ¡amor mío!, ¿es necesario decir más?
—¡Muda me has dejado!... que no creo una sola letra de lo que he escuchado, porque todas lo han escuchado; anda tu camino en soledad eterna que tú así te lo has buscado.
El príncipe, al dar su mejor esfuerzo, comprendió que al amor de su vida había perdido. En el fondo de su corazón el amor por ella siempre existió.
El príncipe nunca en su existencia obró mal, sino todo lo contrario; la princesa, pura siempre fue. Pero la vida es necia en separar los caminos que juntos debieron andar.
FIN