Ni el fallecimiento de mi Sra. Madre, ni el de mi Sr. Padre, ni el de
mis queridos abuelos paternos, ni el de mi añorado primo Gil, me marcaron como
el de mi bellísima y amadísima sobrina-hija Olimpia. Fueron once años con ocho
meses (de sus quince años y ocho meses de vida), los que el destino nos preparó
para ser felices en el calvario de su parálisis cerebral severa. Me dejó en
soledad el 18 de diciembre de 2012. Hoy seis de enero, me acompaña el recuerdo
de ese hermoso tiempo que sin desplante alguno, mi amadísima Olimpia me regaló
para que fuera yo feliz en la vivencia de la paternidad sin condiciones.
Gracias Olimpia por permitirme conocer la parte de la vida que con palabras no
es posible describir. Desde el lugar de mi alma que sólo tú conoces, te ofrezco
este pensamiento:
VIVES EN MÍ, AÚN ANTES DE NACER
Mi alma expiró ante tu luz infinita y hermosa; alumbraste el final de
un calvario y el inicio de otro aún más intenso y hermoso. Caminamos en uno
solo, sin verte ya te acompañaba. Pedí y fue concedido; ocupaste los instantes,
los años, los anhelos y las ilusiones que mi cuerpo y alma lloraban para no
morir. En el vacío eterno te encontré y en el vacío eterno me has dejado. Este
lugar no me pertenece, te lo has llevado; jamás imaginé que un amor tan puro me
pudiese colocar en situación desconocida y terminal.
Mi alma toda, sin consuelo, ha desfallecido; la inercia de la vida en
mí se ha posado. En la sonrisa y el recuerdo del amor, las puertas de la agonía
me animan a hacerles grata compañía; sin titubeos ni temores, antes con ánimo
funesto, mi alma toda les ofrezco porque sin la luz de tu alegría, no es posible caminar.
TE AMO ETERNAMENTE. ESPERO PRONTO ESTAR CONTIGO.
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